Entre
nosotros ha habido demasiadas cosas: interés, conversaciones, aprecio,
atracción, cariño, abrazos, pocos besos pero sí muchas llamadas, mensajes,
correos, palabras lindas, muchos cigarros y no poco alcohol. Desgraciadamente,
como tantas veces me los has dicho, ha habido también demasiada distancia.
Hace poco,
cuando recién te volví a ver, cuando abriste de nueva cuenta tu corazón y tu
oído para escuchar un consejo, me di cuenta de que sigues siendo casi igual: un
hombre difícil con el que hay que enfrentarse
para robarle un beso, con el que tendría que lidiar para que escuche cuanto lo
quiero, cuanto me ha hecho esperar; decirte que lamento haberte hecho perder el
tiempo pensando en un tipo como yo, que solo puede ofrecerte una esperanza.
Si en algo
estamos de acuerdo, es que somos una buena pareja siempre y cuando cada uno de
nosotros esté en otro lugar. Creo que no soportaría tanto tiempo el amor que
puedas darme con tu entrega, tu fidelidad y esos momentos en que tienes que
esconderte; no de mí ni de todos, sino de ti.
No puedo
pedirte que te detengas por más tiempo, ni que esperes en esa ciudad a que
algún día, yo esté contigo para siempre. Busca un nuevo horizonte, enfréntate a
la vida, respira nuevos aires, sé más de lo que eres y quierete mucho.
Cada noche
en lo bares, o en algún antro repleto de gente, me viene a la mente aquella
noche en que te conocí: ya era de madrugada cuando tu imagen me quitó el sueño.
Desde entonces, y aunque creas con razón que soy muy abierto, pienso en ti, eres
mucho más que un bonito recuerdo, eres una presencia en mi vida. Pensé (no hace
mucho tiempo) en que de volver, serías la única persona con quien quería estar,
pero he experimentado tantos sentimientos y emociones que no sé si me creerías
de haberme escuchado decírtelo, además de que tú también has vivido en todo este
tiempo desde que nos conocimos.
Mencionaste
bien al destino la última vez que conversamos, dijiste que: “tal vez no era
nuestro destino ni tiempo estar juntos, hay mucha distancia entre nosotros”.
Solo me resta decir que no es tan diferente como pensamos, también creo en las
mismas cosas que tú, en los mismos anhelos, los mismos sueños y razones; es
solo que…la distancia, lo has dicho bien.
Espero de
todo corazón, que esta carta empapada de emociones no desmorone lo mucho que
nos queda. Espero encontrarte ahí siempre, en esa ciudad que de ser justa, nos
habría reunido hace mucho tiempo; esperaré a que también un día, trates de
robarme ese beso que no me arrepentiría de
haberte dado.
Cada cosa está en el lugar que le corresponde. A mi el café frío simplemente no me convence. Tu mueres de calor y prefieres los frappuccinos. Cada palabra más certera. Cada distancia más corta.
Cada mirada un poco más profunda.
Los detalles que hablan.
Los sonidos que alertan.
La gente que se va.
Las luces que se apagan.
De nuevo somos solamente nosotros.
Gracias por la tarde de hoy, por el café (caliente, aunque haga calor), por tus manos pequeñas, por tus pies que aún no recuerdo, por tu diente chueco, por tu vida maravillosa; Gracias por ser y estar.
Solitariamente divertido en un cuarto a media luz, con miles de fotos pegadas sobre las paredes blancas y pocos muebles, sin televisión, con un ventilador maltrecho y muchas tazas de café, un pilar de libros que me esperan impacientes. ¿te dije que te extraño cuando estoy sentado en el piso? Vivo creando, riendo y apagando en el cenicero cigarros mal fumados. Tus palabras ya son diálogos, mis reacciones dramaturgia. Tus acciones son mi guión y mis palabras...seguramente las pusiste en un rincón tras de la puerta.
En uno de esos lugares de mala
nota –acompañado de excelente calor humano y amistades entrañables-, dos personas
me contaban una pequeña parte de su historia de vida juntos como pareja: Se
conocieron hace dos años en un viaje donde cada uno de ellos y por separado, no
tenían absolutamente nada planeado y que, luego de aquella casualidad en aquel
entonces y hasta ahora, hacen una vida en común, compartiendo sentimientos y
objetivos; al día siguiente –dentro de un centro comercial-, yo pensaba
precisamente en eso que llamamos “casualidades”, más allá de que se trate de
una simple combinación de
circunstancias que no se pueden prever ni evitar. Meditaba sobre dicho
tema y en que, generalmente, muchas de las cosas que suceden por casualidad
en este mundo no me suceden a mí, que creo que no me he permitido disfrutar de
que las cosas avancen despacio y sin desesperarme –la impaciencia me ha dado de
periodicazos varias veces-, ya que regularmente decido vorazmente sobre lo que
quiero y en un arrebato me abalanzo sin importarme el resultado, aún así,
siempre esforzándome porque éste resulte favorable.
Hoy vi una casualidad muy de
cerca: quería encontrar la razón de porqué a mí jamás me pasaban cosas –como ya
lo mencioné- como las que cientos de personas cuentan…y algo, o alguien me dio
un ejemplo. Por lo tanto, hoy he resuelto vivir las casualidades, disfrutarlas y
convertirlas en causalidades para obtener un resultado, claramente y previo
realizar un plan de vida para hacer frente a todo lo que conlleva.
El ‘deber’ es completamente moral, es algo que (valga la
redundancia), se debe de hacer porque es
lo correcto, en cambio, el ‘tener’ implica una necesidad u obligación absoluta.
Estoy verdaderamente cansado de tener que hacer lo que es un
deber de otros; que por tu irresponsabilidad como familia (claro que hablo de tu familia, porque en la mía somos solamente quienes queremos estar en ella, y me queda muy
claro que tú no quieres ser parte de ella, parece ser que nuestro apellido lo
usas únicamente para darte el lujo de tener algo que por ti mismo no
conseguirías), yo tengo que cargar con tus deberes.
Huir, alejarte, hacer caso omiso de tus problemas, desplazar
tus culpas hacia otros y responsabilizarme de lo que a ti te corresponde no
soluciona nada; así que hazme un favor: no me chingues y si no me ayudas, no me
estorbes.